No Me Rindo, No Me Parto

No me rindo, no me parto.

 

No me rindo

por ninguna razón me parto

la toalla nunca caerá 

aunque en camilla mis huesos rotos salgan del acto.

 

Aguantaré hasta el final

aunque el pellejo no salve 

aunque la piel se desgarre 

y cada una de mis luchas no resueltas terminen en vano.

 

No es cuestión de orgullo 

no es cuestión de honor malentendido 

ni de locuras con causas perdidas

ni de encuentro de gallos 

es cuestión de principios de que ante la vida yo no me rajo.

 

Los golpes vendrán 

los moretones saldrán

la sangre derramará 

pero mientras el corazón siga latiendo 

este soldado raso no cae por mucho tiempo, ni da paso en falso.

 

Lo declaro al viento 

lo grito al cielo 

que el mismísimo de ultratumba escuche 

y que todos los demonios entiendan de una vez

no me rindo ni me parto.

 

14 de julio de 1997, los pacientes del viejo hospital iban y venían como de costumbre. Cada cual con su dolencia, cada cual con su causa. Ese día yo buscaba remediar un dolor insoportable que hacía imposible el caminar. El destino me había partido en dos para marcar el fin de los días de audacia. Tres discos destruidos declararon que nunca más podría correr libremente. Una resonancia magnética y la tortura del electro vehementemente sentenciaron que debía terminar en la plancha.

A los ojos de mis 26 años, Coach de basket, los escenarios que pintaba con brocha elegante y lenguaje indescifrable aquel buen Doctor no eran muy favorables para la carrera deportiva. He tenido muchas dudas en mi vida, pero si de algo he estado completamente seguro es que mi mejor deporte es cargar hijos. Así que en ese momento la opción fue clara: el cuchillo me tendría que arreglar. No lo pensé dos veces. 

Algunos meses después de esas 6 horas de quirófano, anduve en silla de ruedas haciéndome a la idea de la nueva realidad. Recuerdo bien que al salir del hospital me dolió hasta que cambiaran la estación del radio. Me dieron de esos dolores que repercuten hasta en las pestañas. Pero ese flaco ojeroso y ciego no se rindió ni se partió. A partir de la salida del hospital, puntualmente cada semana fui a varias horas de terapia para recuperar la fuerza perdida. Cada día arrastré las esperanzas de recuperar lo perdido. Rechacé fervientemente quedar limitado. Furiosamente me hice prometer que no le bajaría hasta regresarle al cuerpo el poder de antaño. Grité a los cuatro vientos que ese carnal medio maltrecho no se quedaría así. Y quizás por eso los dioses me escucharon. 

El llamado fue atendido, yoga llegó a mi camino. Es poco decir que sangre, sudor y lágrimas acompañaron el viaje de veinte años torcidos y estrujados sobre el tapete. Es poco decir que no fue fácil, pues sólo sentarme sobre talones me hizo recordar a la Virgen y a todos sus santos. Cada postura de flexibilidad rompió mi frágil orgullo. Cada arco me regaló el suplicio de recordar la barra de titanio. Pero ese flaco ojeroso y ciego no se rindió y no se partió. Como si fuera manda seguí regresando al shala. 7 veces a la semana eran pocas, así que de rutina dupliqué clases. Nunca salí a la mitad de una práctica, nunca antes de dejar el resto. Llevé al cuerpo a límites inimaginables para mis doctores. Sorprendentemente los músculos fueron dando de sí. Conforme las ideas del ego fueron cediendo, el físico fue de la mano. Es poco decir que en los momentos más oscuros y difíciles, en donde el cuerpo pidió tregua, yo seguí dándole. 

Qué me empujó? Una irremediable pasión que late profundamente desde el pecho. 

A veces me preguntan en talleres y entrenamientos que cómo le hago, que cómo se me ocurren las secuencias, que de dónde llegan esas clases que cautivan al corazón y sacuden al alma. La respuesta quizás la puedan encontrar en esta pequeña metáfora:

“Cómo hago para ser como tu?” Le preguntó una piedra bruta a una hermosa escultura…. La escultura le respondió: “sólo dos cosas puedes hacer, la primera es estar dispuesta a recibir muchos golpes, y la segunda ni por cobardía se te ocurra partirte en el proceso.”